

Recinto
Cáceres, España
En 2009, Diego Barriga y Trini Sánchez abrieron en el número 10 de la avenida Hernán Cortés un café concierto al que ellos mismos se empeñaron en llamar club. No era un pabellón ni una discoteca de gran formato: era un bajo céntrico, de escenario pequeño, pensado para que Cáceres tuviera por fin una sala que programara música en vivo de forma constante. Catorce años después, el recinto había acumulado más de 2.500 conciertos; hacia 2025 la cifra se acercaba a los 3.000. Esa obstinación —noche tras noche, temporada tras temporada— es la biografía real del Boogaloo Club.
La identidad del local no se entiende sin el directo. Funk, soul, R&B, blues, jazz, rock y pop conviven con tributos, jam sessions y un escenario abierto que ha servido de escuela informal para músicos de la ciudad. Barriga, guitarra, voz y armónica, llegó al proyecto con el apodo de DJ Barry y con una oreja puesta en la radio musical extremeña; Sánchez aportaba el oficio de sala aprendido en el Cañadul. Juntos convirtieron el Boogaloo en un puente entre la movida cacereña de los ochenta y las nuevas hornadas que salen del conservatorio o de Portugal. En vacaciones y madrugadas entran las sesiones DJ y un público más joven, sin que el eje deje de ser el concierto. Por el mismo escenario han pasado bandas locales, giras nacionales —de La Habitación Roja a Arizona Baby o Juaninacka— y propuestas culturales que no caben en una discoteca al uso: micros abiertos, cine, humor o presentaciones.
El aforo es íntimo y la acústica, el argumento técnico. Hacia 2017 Musical Barragán instaló un sistema D.A.S. Audio con dos Artec 510A autoamplificados, dos subgraves Action 18A y cuatro monitores Action M12A, pensado para formaciones muy distintas y para sesiones largas. La licencia de café concierto permite que la barra siga abierta hasta la madrugada, cuando el concierto se disuelve en copas y baile. Hoy el recinto se presenta como Boogaloo Club y mantiene temporada de shows en vivo, barra hasta altas horas y taquilla en las plataformas habituales. Sigue siendo, en el centro de Cáceres, la sala que demuestra que un bajo pequeño puede sostener un circuito entero si no deja de programar.