

Recinto
Sarria, Lugo, España
A la sombra de los árboles y pegada al río Sarria, la finca de la aldea de Ribela se convierte, cuando hay programación, en un recinto de música electrónica a escala humana. No hay muro de hormigón ni horario de discoteca de sábado: hay carpa de pista, luz de colores sobre el toldo, un camping entre la vegetación y el rumor del agua. El emplazamiento es estable —Rúa Ribela, 1, en el municipio de Sarria— y la infraestructura, temporal: cada edición se monta y se desmonta con protocolos pensados para no dañar suelo, flora y fauna.
La identidad arrancó en 2022. Un grupo de organizadores, con Marco Veiga entre los promotores y bajo la Asociación Cultural Ribela, reunió entonces a más de trescientas personas y veintidós artistas gallegos durante cuatro días. Al año siguiente el encuentro ya ocupaba dos escenarios, estrenaba zona de acampada y abría el cartel a nombres de fuera de Galicia, sin perder el formato íntimo de una casa particular a orillas del río. Esa escala —cientos de cuerpos, no miles— sigue siendo el rasgo de pista: en 2025 la organización habló de un aforo de 600 personas por día; en 2026 la quinta edición cerró con unas 700 por jornada, con público local e internacional.
La programación se ha ido desplazando hacia la electrónica experimental y el underground europeo, sin soltar el hilo local. La quinta edición articuló dos noches —Inner World y Outer World— con un Camping Stage para emergentes de una convocatoria abierta y un escenario principal que sostuvo la madrugada hasta las 06:00. En la carpa sonaron propuestas como Call Super, Legowelt, Or:la, Pariah o el sarriano Jor Ginho, que abrió la primera edición y cerró la quinta. El recinto convive con arte digital, pantallas LED y piezas pensadas para el lugar: la pista no es solo baile, también es instalación.
En 2026 el recinto estrenó un sistema cuadrafónico Void Acoustics, con un efecto envolvente pensado para que la escucha sea la misma en cualquier punto de la pista. Alrededor, el lugar funciona como pequeño festival de club: parking gratuito a escasos metros, duchas y aseos, vasos reutilizables, puntos de residuo, hidratación y una oferta plant-based. No abre todas las semanas. Abre cuando hay programación, en una cita anual de dos días, y el resto del año la finca vuelve al silencio del río. Esa intermitencia es parte de su carácter: un recinto físico concreto, no una marca nómada que cambia de sala.