

Recinto
Cáceres, España
En la Plaza de Albatros, cuando La Madrila baja era el centro de la noche cacereña, el número 12 concentró copas, directo y madrugada en un bajo de bloque. Sala Barroco, impulsada por David Vivas, se quedó ahí mientras el resto del mapa de ocio se iba apagando o se mudaba al casco. La plaza llegó a cortarse al tráfico los fines de semana; el local, a funcionar como uno de los últimos recintos estables de aquella geometría residencial de los sesenta.
El giro que define al recinto no es una reforma de luces: es el paso a café-concierto. En 2010 se insonorizó el bajo, con una inversión de unos 120.000 euros, para adaptarse a la ordenanza y poder programar música sin vivir de permisos especiales de la Junta. El temporal judicial de La Madrila llegó igual: en marzo de 2012 la Audiencia precintó varios locales de la zona, Barroco incluido. Fue de los pocos que reabrió, porque las obras ya estaban hechas. En el juicio de 2017, Vivas —portavoz de los hosteleros de la zona entre 2005 y 2011— habló de más de setenta denuncias por horario, de un cierre de tres meses y medio y de una distinción que el barrio conocía bien: el ruido de la sala frente al de la calle.
El formato es íntimo, de sala pequeña, y la programación lo ha confirmado durante años. Por ese escenario han pasado el punk de SNFU, GBH, Sex Museum, Supersuckers o No Fun At All; el rap de Foyone y de Ill Pekeño con Ergo Pro; el rock instrumental de El Altar del Holocausto; y una constante de tributos —Pedrá a Extremoduro, Linkin Park, Metallica, Marea— que convierten el fin de semana en concierto. En 2009, con Sala La Bola en el aire, el festival Cáceres Pop Art trasladó aquí conciertos y sesiones de DJ. El recinto ha convivido con pop, funky, house y latina: la electrónica entra por la sesión y por la pista de madrugada, no por un club de circuito.
Cuando la fiesta cacereña se desplazó hacia Pizarro y el centro, Barroco quedó como superviviente de La Madrila Baja: café, copa y escenario en un bajo ya insonorizado, con calendario a golpe de fecha. Su identidad pública sigue siendo la de sala de conciertos de barrio: un recinto que aguantó el ruido, los precintos y el vaciado de su propia plaza.