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Cobalt Studios

Recinto

Cobalt Studios

Newcastle upon Tyne, Inglaterra, Reino Unido

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Biografía de Cobalt Studios

Cinco días para hacer una pista

Cuando el taller de madera dejó el edificio en 2015, la planta baja de Boyd Street se convirtió en sala en cinco días. Palés, tubos de andamio y luces de colores armaron el primer pop-up. El equipo de aquella semana sigue siendo el de ahora: un d&b con dos subgraves C7 y un top C7 por lado, etapa D12, y cabina con Technics SL-1210, CDJ-2000NXS2 y DJM-900NXS. En 1999 cuatro diseñadores y artesanos sin espacio de trabajo crearon Cobalt con el ayuntamiento de Newcastle y levantaron los estudios con sus propias manos. La pista no estaba en el plano: llegó en Shieldfield, al borde del Ouseburn, cuando el taller se marchó y el edificio quiso abrirse a más gente.

2017, la noche en que cerraron

El pop-up aguantó de forma ocasional hasta 2017. Una queja por ruido de un promotor inmobiliario vecino hizo que el ayuntamiento cerrara la sala de un día para otro y cancelara eventos de los que dependían los ingresos. No había caja. Un micromecenazgo y un préstamo bancario pagaron el acondicionamiento definitivo. En marzo de 2017, Kathryn Hodgkinson y Mark Collett obtuvieron la licencia permanente, después de año y medio con permisos temporales. El margen nocturno es estrecho: solo 36 cierres tardíos al año. El equipo abre por temporadas y se detiene en verano, en Navidad y enero, y en Semana Santa, para reprogramar, reparar y descansar.

El baile sostiene el resto

Cobalt Studios funciona como CIC sin ánimo de lucro. El directo y los talleres cuestan dinero; las noches de club cubren la mayor parte de lo demás, y cada entrada y cada consumición vuelve al edificio. La cartelera se hace en casa, en tres temporadas —otoño, primavera y verano— y circula en más de 15.000 programas por Newcastle. Con la temporada abierta, la semana empieza en lo comunitario y termina en la pista. El jueves es Fresh: dos propuestas en pie de igualdad, con velas, juegos de mesa y la opción de una cena casera de base vegetal. El fin de semana se alarga en sesiones de toda la noche, entre electrónica de club, disco y fiestas queer, junto al jazz, el folk, lo experimental y las músicas del mundo. Quien programa desde fuera entra con una prioridad clara: noches de mujeres y personas no binarias, de la comunidad LGBTQIA+ y de músicas poco representadas.

Una pista pequeña y sin móviles

En las noches de club no se hacen fotos: el móvil corta la entrega de quien baila. Todo ocurre en una sola planta, con barra con licencia, café, sofás, escenario, proyectores y un entresuelo con vista para quien pueda subir unos escalones. Hay acceso en silla de ruedas y se admiten perros de asistencia; no hay bucle magnético. El equipo pasa por la formación Shout Up contra el acoso. Arriba siguen los estudios de artistas y el coworking; el patio trasero se usa con buen tiempo; la planta superior, prevista con terraza en cubierta, sigue en obras. En 2024, el documental To the Dancers: Blood, Sweat & Music, de Susie Davies, rodado aquí durante cerca de tres años, retrató esas semanas de unas 70 horas, con Hodgkinson, Collett, su hijo Jacob y artistas como Alabaster DePlume, Me Lost Me y Afriquoi.